Tomado de la obra "Privación de Libertad" Rechazo y dolor VS Protección y Reinserció9n social de Yorik R. Piña
Comprendiendo el origen de las conductas
Si no comprendemos con claridad cómo se originan las conductas que
manifiestan los internos, si nacieron con ellas o si fueron adquiridas a lo
largo del tiempo en las distintas agencias formadoras como el hogar, la escuela
o el entorno social, difícilmente podremos intervenir de manera efectiva.
Muchas de estas conductas pueden tener una raíz genética, heredadas de
los ancestros, mientras que otras son el resultado de aprendizajes inadecuados
en los entornos mencionados. Las conductas heredadas permanecerán como una base
del individuo, pero sus manifestaciones pueden atenuarse hasta volverse
imperceptibles si se aplican tratamientos adecuados. Por otro lado las
conductas adquiridas pueden ser modificadas siempre que sean identificadas
correctamente y tratadas por personal capacitado.
Cómo se construye la personalidad del individuo
La personalidad humana se forma a través de múltiples factores que
interactúan entre sí, influencias que provienen tanto de lo biológico como de
lo social.
Si bien nacemos con una carga genética que predispone ciertas
características, esta no determina por completo quiénes somos. La personalidad
se va construyendo a lo largo del tiempo a través de las experiencias vividas,
las relaciones interpersonales, el entorno en el que crecemos y las decisiones
que tomamos.
La neurociencia, la psicología, la genética y otras disciplinas nos
permiten comprender que el cerebro es moldeable, especialmente durante la
infancia y la adolescencia, pero también en la adultez.
Esta capacidad de adaptación conocida como neuroplasticidad, abre una
posibilidad inmensa para intervenir y transformar conductas, incluso en
contextos de encierro.
La epigenética por su parte ha demostrado que los factores ambientales
pueden activar o desactivar ciertos genes. Es decir, el entorno no solo influye
en nuestra forma de pensar o actuar, sino que puede modificar nuestra biología.
Esta perspectiva es fundamental para entender que la intervención
psicoeducativa, terapéutica y social, no solo tiene efectos conductuales, sino
también estructurales en la mente del individuo.
La neuroplasticidad como oportunidad de transformación
La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para reorganizarse,
formar nuevas conexiones neuronales y modificar su estructura a lo largo de
toda la vida. Aunque es más intensa durante la infancia y la adolescencia,
investigaciones recientes han demostrado que este proceso continúa en la
adultez, incluso en contextos adversos como el encierro.
Esta capacidad adaptativa del cerebro implica que los seres humanos no
estamos condenados a repetir patrones de comportamiento. Incluso quienes han
desarrollado conductas antisociales o delictivas pueden modificar sus esquemas
mentales, emocionales y conductuales si se le ofrece un entorno estimulante,
seguro y orientado al cambio.
La privación de libertad, paradójicamente puede convertirse en una
oportunidad para ese cambio. Si el sistema penitenciario deja de centrarse
exclusivamente en el castigo y comienza a integrar intervenciones educativas,
terapéuticas y formativas que promuevan el desarrollo personal, es posible activar
procesos de neuroplasticidad que deriven en una verdadera transformación del
individuo.
Trabajar desde esta perspectiva requiere comprender que el cerebro
responde a los estímulos del entorno. Un entorno violento, punitivo y
deshumanizante refuerza la desconfianza, el miedo y la agresión. En cambio, un
entorno que propicia la reflexión, la expresión emocional, el vínculo social y
el aprendizaje puede reconfigurar estructuras cerebrales dañadas por
experiencias traumáticas previas y abrir camino hacia la reparación psíquica y
social.
Comprender y aprovechar la neuroplasticidad nos obliga
a repensar los modelos de intervención en contextos de encierro. Ya no alcanza
con contener o controlar: es necesario intervenir desde enfoques basados en
evidencia que reconozcan el potencial de cambio y desarrollo en cada persona.
La inversión en programas psicoeducativos, terapéuticos y ocupacionales no solo
reduce la reincidencia, sino que promueve una reinserción social más humana,
sostenible y justa. Si el cerebro puede cambiar, también pueden hacerlo las
trayectorias de vida.