miércoles, 15 de julio de 2026

El origen de las conductas y su modificación biosicosocial

 Tomado de la obra "Privación de Libertad" Rechazo y dolor VS Protección y Reinserció9n social de Yorik R. Piña

Comprendiendo el origen de las conductas

Si no comprendemos con claridad cómo se originan las conductas que manifiestan los internos, si nacieron con ellas o si fueron adquiridas a lo largo del tiempo en las distintas agencias formadoras como el hogar, la escuela o el entorno social, difícilmente podremos intervenir de manera efectiva.

 Muchas de estas conductas pueden tener una raíz genética, heredadas de los ancestros, mientras que otras son el resultado de aprendizajes inadecuados en los entornos mencionados. Las conductas heredadas permanecerán como una base del individuo, pero sus manifestaciones pueden atenuarse hasta volverse imperceptibles si se aplican tratamientos adecuados. Por otro lado las conductas adquiridas pueden ser modificadas siempre que sean identificadas correctamente y tratadas por personal capacitado.

 Cómo se construye la personalidad del individuo

La personalidad humana se forma a través de múltiples factores que interactúan entre sí, influencias que provienen tanto de lo biológico como de lo social.

 Si bien nacemos con una carga genética que predispone ciertas características, esta no determina por completo quiénes somos. La personalidad se va construyendo a lo largo del tiempo a través de las experiencias vividas, las relaciones interpersonales, el entorno en el que crecemos y las decisiones que tomamos.

La neurociencia, la psicología, la genética y otras disciplinas nos permiten comprender que el cerebro es moldeable, especialmente durante la infancia y la adolescencia, pero también en la adultez.

 Esta capacidad de adaptación conocida como neuroplasticidad, abre una posibilidad inmensa para intervenir y transformar conductas, incluso en contextos de encierro.

 La epigenética por su parte ha demostrado que los factores ambientales pueden activar o desactivar ciertos genes. Es decir, el entorno no solo influye en nuestra forma de pensar o actuar, sino que puede modificar nuestra biología. Esta perspectiva es fundamental para entender que la intervención psicoeducativa, terapéutica y social, no solo tiene efectos conductuales, sino también estructurales en la mente del individuo.

 La neuroplasticidad como oportunidad de transformación

La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para reorganizarse, formar nuevas conexiones neuronales y modificar su estructura a lo largo de toda la vida. Aunque es más intensa durante la infancia y la adolescencia, investigaciones recientes han demostrado que este proceso continúa en la adultez, incluso en contextos adversos como el encierro.

Esta capacidad adaptativa del cerebro implica que los seres humanos no estamos condenados a repetir patrones de comportamiento. Incluso quienes han desarrollado conductas antisociales o delictivas pueden modificar sus esquemas mentales, emocionales y conductuales si se le ofrece un entorno estimulante, seguro y orientado al cambio.

 La privación de libertad, paradójicamente puede convertirse en una oportunidad para ese cambio. Si el sistema penitenciario deja de centrarse exclusivamente en el castigo y comienza a integrar intervenciones educativas, terapéuticas y formativas que promuevan el desarrollo personal, es posible activar procesos de neuroplasticidad que deriven en una verdadera transformación del individuo.

Trabajar desde esta perspectiva requiere comprender que el cerebro responde a los estímulos del entorno. Un entorno violento, punitivo y deshumanizante refuerza la desconfianza, el miedo y la agresión. En cambio, un entorno que propicia la reflexión, la expresión emocional, el vínculo social y el aprendizaje puede reconfigurar estructuras cerebrales dañadas por experiencias traumáticas previas y abrir camino hacia la reparación psíquica y social.

 Comprender y aprovechar la neuroplasticidad nos obliga a repensar los modelos de intervención en contextos de encierro. Ya no alcanza con contener o controlar: es necesario intervenir desde enfoques basados en evidencia que reconozcan el potencial de cambio y desarrollo en cada persona. 

La inversión en programas psicoeducativos, terapéuticos y ocupacionales no solo reduce la reincidencia, sino que promueve una reinserción social más humana, sostenible y justa. Si el cerebro puede cambiar, también pueden hacerlo las trayectorias de vida.




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