jueves, 30 de julio de 2026

La escuela no puede ser una guardería, ni el profesor un psicólogo o un trabajador social


En lo esencial, concuerdo con la premisa expuesta por la catedrática sueca en su video: «La escuela no puede ser una guardería, ni un psicólogo, ni un trabajador social». Sin embargo, considero un error pretender trasladar de forma automática ese modelo a la República Dominicana.

Suecia es una nación con una sólida tradición cultural donde las familias cuentan, por lo general, con las herramientas necesarias para la formación en valores de sus hijos, además de tener resueltas sus necesidades socioeconómicas básicas. Asimismo, disponen de un cuerpo docente altamente formado y remunerado para enfocarse exclusivamente en la excelencia académica. En nuestro país, la realidad es drásticamente distinta.

Nuestros desafíos educativos son profundos:

·        Brecha en el aprendizaje: Según un estudio del sociólogo Julio Cuevas (UASD), los bachilleres evaluados en su momento apenas alcanzaban el nivel de conocimiento equivalente a un sexto curso de educación básica.

·        Resultados internacionales: El informe PISA sitúa a la República Dominicana en los últimos lugares a nivel global (lugar 79 de 81 en Matemáticas; 77 de 81 en Ciencias; y 74 de 81 en Lectura).

Bajo estas condiciones estructurales, es imposible aplicar los criterios de realidades tan distantes como la sueca. Por ello, sostengo que —mientras logramos transformar el sistema educativo— los maestros, psicólogos educativos y orientadores deben asumir un rol activo como asesores de las familias en la formación en valores.

Esta afirmación no nace de la teoría, sino de la experiencia práctica: 60 años observando la conducta de los adolescentes y brindando asistencia a privados de libertad me otorgan el criterio para respaldarlo. En los 35 años al frente de la Fundación Amigos Del Mundo Inc. (AMIMUNDO), hemos sistematizado estas observaciones en 8 obras publicadas.

Hace más de dos décadas, el psicólogo clínico Bolívar Féliz me dio un consejo visionario: «Escribe tus experiencias; no te las lleves a la tumba». A mis 82 años, confío en que este legado mantenga su vigencia para quien decida ponerlo en práctica. Cientos de jóvenes de los años 70 son hoy testigos de excepción de cómo el sistema monitorial, la terapia paternal y la formación en valores moldearon a hombres y mujeres de bien, útiles a la comunidad.

No podemos copiar soluciones extranjeras sin mirar nuestra realidad social: educar en valores es, hoy más que nunca, una tarea compartida urgente.

 


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